jueves, 27 de junio de 2013

Los resultados de las evaluaciones educativas ante la opinión pública

¿Qué alcance tienen las Evaluaciones de Calidad Educativa? ¿Tiene la población en general una idea cabal de las mismas? ¿Cómo funciona el proceso informativo en la comunidad? ¿Las noticias del contexto educativo tienen el mismo efecto que las del económico o de la salud?


Efectivamente, nos preocupa el desarrollo de las herramientas de evaluación de los sistemas educativos, no solamente ha constituido una operación costosa -tanto en términos de recursos económicos como en materia de esfuerzos y de recursos humanos-, sino que ha resultado ser una opción, aparentemente técnica, de efectos políticos problemáticos.

Hoy se nos pregunta si creemos que las evaluaciones han afectado la inversión pública de los gobiernos en educación, si las evaluaciones conllevan riesgos políticos, etc. Pues bien, de lo que se trata es de preguntarse por qué razones la opinión pública -y/o los medios de prensa- de nuestros países encuentra tantas dificultades para interpretar los resultados de distintas pruebas de evaluación de la calidad educativa de un determinado aspecto del funcionamiento del sistema educativo y, por ejemplo, muchas veces, terminan confundiéndolos con un verdadero diagnóstico general del estado de la educación en nuestros respectivos países.

En efecto, estos son algunos de los problemas que parece acarrear la multiplicidad de evaluaciones de los resultados educativos que hemos llevado a cabo y estamos llevando adelante en los últimos años. Pero, muy en especial, creo que lo que más preocupa es el último de los problemas mencionados. Es decir, el problema que conlleva la dificultad de transmitir a la opinión pública cuál es el verdadero estatuto del resultado de una evaluación y la aparente imposibilidad de que ésta dimensione exactamente su significado, sus alcances y sus reales implicaciones.

Los resultados de las evaluaciones educativas ante la opinión pública
En primer lugar, es necesario señalar que el fenómeno es preocupante porque, en buena medida, la opinión pública parece reaccionar de manera relativamente diferente ante los resultados de las evaluaciones educativas que frente a otro tipo de mediciones. En efecto, en ocasiones, hay mediciones que son portadoras de indicadores de realidades económicas o sociales mucho más trascendentes -y por ello más inquietantes- que la persistencia de una alta tasa de repetición en primer año de Primaria o de la tasa de deserción del segundo ciclo de Enseñanza Media. Sin embargo, es necesario constatar que muy pocas veces las reacciones de los medios y de la opinión pública alcanzan, ante la difusión de distintos tipos de indicadores, la virulencia que suelen adquirir frente a algunos resultados provenientes del sector educativo.

Es así que debemos reconocer que las evaluaciones educativas son relativamente nuevas en el horizonte de la gestión gubernamental. Los estados modernos contemporáneos -y con ello quiero decir, grosso modo, los aparatos estatales concebidos y diseñados después de la Segunda Guerra Mundial- hace tiempo se empeñaron en cuantificar los procesos públicos y privados que tenían lugar en nuestras sociedades. En gran medida esta tendencia está ligada, en un sentido, al proceso de tecnificación de los aparatos estatales y al incremento de la importancia de los medios de comunicación de masas. Cabe simultáneamente destacar, en un segundo sentido, que la tendencia a informar sobre los resultados de la marcha de los principales procesos que se desarrollan en la sociedad está íntimamente vinculada al proceso mismo de consolidación de la democracia.

Esta requiere, de manera regular -y yo diría que inexorablemente-, de un flujo de información continuo hacia los medios para permitir la conformación de ese actor decisivo de todo régimen democrático que es la opinión pública.

Es así que la tasas de inflación, la de desempleo, la desinversión, los niveles de ingreso, el índice de crecimiento o disminución del salario real, etc., son indicadores vinculados a la economía que se publican rutinariamente en todos los medios de prensa de nuestros países sin que ello signifique sorpresa o alerta alguna siempre que se mantengan dentro de los rangos más o menos “esperados” por la opinión pública.

Algo muy similar sucede, por ejemplo, con los indicadores vinculados a la salud pública. Aunque menos concurridos que los indicadores económicos por la curiosidad de los medios de prensa, no es menos cierto que los índices de natalidad, los indicadores de mortalidad infantil, los de desnutrición o los de morbilidad vinculados a determinadas enfermedades o accidentes parecen haber ganado una suerte de carta de ciudadanía entre la opinión pública y se han integrado al lenguaje corriente de nuestras sociedades.

Que lo que estas mediciones indiquen sea “bueno” o “malo” resulta para la opinión pública relevante pero, en algún sentido, no precisamente inquietante si esos resultados están dentro de un rango considerado por ésta como “normal”. Pero, en todo caso, difícilmente el asunto no será más que noticia pasajera y, por lo general, en ninguno de estos procesos las informaciones y mediciones transmitidas a la ciudadanía son generadoras de grandes movimientos de opinión que pretendan poner en cuestión las raíces mismas del sistema económico o las grandes políticas que rigen el sistema de salud pública.

Pero con las evaluaciones de la calidad de la educación las cosas parecen ser, muchas veces, distintas. Si, por alguna razón, el sistema educativo público tiene que informar que las tasas de repetición han subido algún punto porcentual, que el “drop-out” se ha incrementado o que los resultados de las evaluaciones en Matemática deben ser considerados insuficientes, esa información tiene una alta posibilidad de desembocar en una verdadera campaña de prensa acompañada de largos cuestionamientos sobre la política educativa en general, sobre la idoneidad del Ministro de turno, sobre la validez de los datos, sobre la capacidad del cuerpo docente, etc.. Y seguramente, además, nunca estarán ausentes como infaltables anexos, argumentaciones no menos extensas sobre “la crisis” de la educación, los efectos aparentemente devastadores de las nuevas tecnologías de la información globalizada y los problemas más abstrusos de la civilización contemporánea.

Incluso, a contrario sensu, cuando los resultados que arrojan las evaluaciones sobre la calidad educativa resultan ser positivos, las reacciones de los medios y de la opinión pública pueden llegar a ser sorprendentes: la opinión pública parece reaccionar como si los resultados positivos fuesen los “naturalmente esperables” por lo que, de manera explicable, dichos resultados difícilmente constituyen una “noticia” significativa para los medios.


Extraído de:
Encuentros y desencuentros con los procesos de evaluación de la calidad educativa en América Latina
Javier Bonilla Saus
En: Evaluar las evaluaciones
Una mirada política acerca de las evaluaciones de Calidad Educativa
IIPE UNESCO
En la sección “Biblioteca” hay un link hacia el PDF completo

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